Y de repente oí un cristal romperse. Miré a mi alrededor en busca de aquel espejo tan bonito que me había regalado Will, tenia la certeza de que era eso lo que se había roto. Algo tan bonito no debería existir.
Sin embargo, allí estaba el espejo, perfectamente colgado, reflejando mi cara de niña y mis ojeras. Al ver que no había pasado nada, imaginé que habría sido cosa de la vecina.
Me metí bajo el agua fría de la ducha, y al dejar que las gotas heladas recorrieran mi rostro sentí una punzada en el pecho, como cristales rotos clavandose en mis entrañas. Inmediatamente, las lágrimas empezaron a perderse fundidas con las gotas de agua que caían del plato de la ducha. Agache la cabeza, comprendiendo por fin que lo que se había roto había sido aquel corazón pequeño y frágil que tanto me había esforzado por proteger.
jueves, 22 de julio de 2010
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